Natal, el nombre del marEn el nordeste de Brasil, la ciudad ofrece resorts sobre las playas, mercados de artesanías y aventura en las dunas.
La primera impresión al llegar a Natal , al nordeste de Brasil , es que el agua de coco, tomada desde la fruta misma por un pequeño agujero, guarda en su frescura la mezcla exacta entre el sabor salado del mar y la pureza frutal recién descubierta. Esa impresión impregna toda la visita a Natal. Es un contraste permanente entre la naturaleza virgen y las ciudades que crecen, un destino que se abre frente al viajero como el secreto de un fruto único y primitivo. En los últimos 25 años, Natal pasó de tener menos de 500.000 habitantes a 1.000.000. La pujanza, que no anula la presencia de los vendedores de cangrejos escuálidos en las esquinas, se vislumbra en complejos hoteleros enormes, con varias piscinas y restaurantes, donde la apuesta consiste en que los visitantes no necesiten salir de su área. Este tipo de construcción es el resultado de una política de promoción turística de los años 80, cuando las autoridades decidieron que la costa se reservaba para las construcciones hoteleras, y trazaron la actual Avenida Costera. Esto explica que gran parte del turismo se mueva diariamente sobre los doce complejos hoteleros de la playa. Los complejos son ideales para familias que disfrutan de la playa, las piscinas, los entretenimientos para niños, las clases de gym y los spa, cada uno con sus gustos. Pero Brasil es Brasil y la belleza salvaje se cuela por sobre cualquier infraestructura. Un poco más allá, sobre las playas de Punta Negra, los hoteles se vuelven pousadas , los shopping son reemplazados por pequeños locales y venta playera, y baja la magia de Yemaya, la diosa del mar, para darle vida y gracia a todo. La ciudad fue creada el día de Navidad de 1599 por los portugueses, bajo el mando de Jerónimo de Albuquerque. A esta creación debe su nombre ( Natal significa Navidad) y, quizá, su fervor religioso. Incluso su histórica fortaleza se conoce como la Fortaleza de los Reyes Magos, figuras que también acompañan una de las iglesias principales de la ciudad. Natal también fue ocupada durante un tiempo por colonos holandeses y, en los años de la Segunda Guerra Mundial, sirvió como base aérea a los Estados Unidos, debido a su privilegiada posición geográfica, dado que es el punto más cercano a Europa desde América. Del inglés justamente viene el nombre de su emblemático baile tradicional: el forró –pariente de la lambada– que, según la etimología popular, viene de la expresión inglesa for all (“para todos”, en español). Sal y fruto otra vez unidos. En Natal también se puede recorrer la historia local a la hora de comprar. El mercado permanente Centro de Artesanías, ubicado justo al lado del shopping, entrelaza negocios autóctonos. En ellos se repiten las figuras de muñecas de cerámica negra, los manteles de coco, las mantas, las castañas de cajú, los licores, las mieles. Uno al lado del otro, son dueños de todo el color, y dicen que es posible regatear con ellos en la compra. Pero la sal de la historia no le quita la fuerza de su futuro de fruto: en 2014 la ciudad será sede del Mundial de Fútbol, y eso le ha dado, últimamente, una gran fuerza de crecimiento. Para recibir a los apasionados seguidores del deporte, la ciudad no solamente prepara un nuevo estadio, ya en construcción, sino también aeropuerto nuevo y una importante ampliación de las plazas hoteleras, con nuevos complejos ubicados sobre este paisaje de dunas blancas y playas claras y tibias. Más allá del pasado y del futuro, Natal tiene su cuota de presente. Sin dudas, donde la emoción del ser más se siente es en el paseo en buggy por las dunas de Genipabú , clásico del turismo local. A 25 kilómetros al norte de Natal, Genipabú está compuesta por una playa, un complejo de dunas móviles que todos los días cambian su posición, una enorme laguna de agua dulce y un área de protección ambiental. Blanco sobre blanco, la arena etérea –casi como una salina– hace que el viajero se sienta igual que en un desierto. Esa sensación se completa con unos dromedarios que alguien llevó hasta allí para que los turistas se suban a dar una vuelta. O también esa pequeña iguana que un niño de la zona acerca para que nos fotografiemos creyéndonos perfectos aventureros. Sin embargo, la verdadera atracción del lugar es el paseo en buggy: “¿Con emoción o sin emoción?”, preguntan los choferes a los turistas. Inútil es pedir sin emoción, porque, cualquiera sea la respuesta, los conductores no dudan en acelerar sobre las dunas y la montaña rusa de las vacaciones se pone en marcha.
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